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Hay al menos 50 víctimas" de abusos del clero español "hacia las que la Iglesia debería dirigirse como Iglesia, y no lo está haciendo". Esa es la denuncia que hace Juan Ignacio Cortés, autor de "Lobos con piel de pastor. Pederastia y crisis en la Iglesia católica" (San Pablo), la primera investigación sobre pederastia en la Iglesia en España, quien añade además que el desafío de la Iglesia española en este tema es "ver qué hay en los armarios, sacarlo a la luz, pedir perdón e intentarlo reparar".

Hoy nos acompaña Juan Ignacio Cortés. Bienvenido.

Un placer.

Juan Ignacio es compañero; es periodista. Hace mucho tiempo estuviste trabajando en 21: fuiste su redactor jefe. Ahora, te lanzas a una nueva aventura iba a decir literaria, pero es una investigación.

Una aventura periodística.

Con la editorial San Pablo en la colección Alternativas. Se trata de un tema complicado de tratar pero muy necesario, como es el de los abusos sexuales en la Iglesia: "Lobos con piel de pastor. Pederastia y crisis en la Iglesia católica".

Lo presentáis ya. El libro está en las librerías.

Sí. ya está en las librerías y lo presentamos el miércoles 23, a las 19:30 en la librería San Pablo de Jacinto Benavente.

La primera pregunta es muy directa: "Lobos con piel de pastor"... ¿Cuántos pastores-lobos o cuántos casos has podido saber que hay aquí en España?

En España se conocen, más o menos, una cincuentena de casos que han sido públicos, bien por sentencias de la justicia civil, o bien por sentencias de la justicia canónica que han saltado a la luz por diversas circunstancias. Pero hablas con los expertos y todos te hablan de un gran índice de criminalidad oculta. Entonces, nadie sabe el número, ni en España ni en muchos otros sitios.

En otros lugares sí que han ido saliendo; en países con otro tipo de cultura o con otro pasado reciente. Pero en España da la sensación de que hay un fondo de un armario oscuro del que jamás sabremos.

Esa es la sensación que tiene todo el mundo; que hay armarios que están llenos de cadáveres. O por lo menos llenos de dolor, de humillación, de historias de rabia y desesperación que no salen a la luz, y que mucha gente, posiblemente víctimas de abusos, se han llevado esas historias consigo a la tumba.

Creo que ese es el desafío de la Iglesia española en este tema: ver qué hay en esos armarios, sacarlo a luz, pedir perdón e intentarlo reparar. Porque si no, dentro de unos años podríamos ver la misma escena que la semana pasada en el Vaticano, de Francisco poniendo de cara a la pared y con los brazos en cruz a los obispos chilenos, castigados por no haber hecho los deberes.

Ojalá la Iglesia española aprenda en cabeza ajena y haga un ejercicio honesto de ver qué pasa y de ponerse a disposición de las víctimas. Ya sabemos que hay 50-100 víctimas, y cuando hablas con ellas se sienten maltratadas, revictimizadas y olvidadas. Y doblemente humilladas, muchas veces por la Iglesia.

Hay al menos 50 personas hacia las que la Iglesia debería dirigirse como Iglesia, más allá de casos particulares, y no lo está haciendo.

Por ser Iglesia. Y también teniendo en cuenta que han sido abusadas en el interior de la Iglesia porque formaban parte de ella: chicos con vocación, monaguillos, personas que estudiaban en colegios religiosos, etc.

El problema en este caso es que se ha tratado a los fieles, a los hermanos, como enemigos.

Hay una frase en Chile, cuando estaba todo el escándalo Karadima en marcha, de un arzobispo que dice: un obispo es un padre espiritual, y no es tan fácil denunciar a su hijo.

O sea, que los hijos son solo los sacerdotes y no los fieles.

Claro. Y hay un jesuita que le responde desde una revista: ¿quién es más hijo de Dios, el sacerdote que abusa de una niña de trece años o esa niña de trece años que es monaguilla y está haciendo la catequesis de confirmación, o que tiene nueve y está haciendo la catequesis de la comunión?

El problema aparece cuando hacemos hijos de primera e hijos de segunda. Y cuando vemos una Iglesia como una estructura de poder totalmente jerarquizada, o como pueblo de Dios; como una comunidad. Yo creo que aquí están en juego dos visiones de Iglesia totalmente contrapuestas.

A mí me da sensación -después de ver o que ha hecho el Papa con los obispos chilenos- que nuestros obispos y los de otras partes del mundo tienen que estar tentándose las ropas. No solo por casos que puedan haberse dado bajo su jurisdicción, sino también en el global. De que ya no vale que tú, personalmente, hayas sido "bueno" o no lo hayas hecho mal en los casos que te hayan tocado, sino que igual que los sacerdotes son hijos, los obispos entre ellos son hermanos, y muchas veces se peca de hacer la vista gorda en lo que pasa en otras diócesis porque "no te puedes meter". El ejemplo de Chile muestra que eso tampoco vale: que no te puedes inhibir de hechos delictivos si los conoces.

Yo creo que si la Iglesia se cree el discurso de que es una institución global, católica, entonces es un problema de todos. El Evangelio la describe como un cuerpo místico, por lo cual, si te duele el pie porque tienes una tendinitis, todo el cuerpo se va a resentir.

A mí me da la impresión de que a veces los obispos, en estas historias, son como los niños que han copiado en el examen: que no quieren que los pillen, pero saben que han copiado y que está mal. Es distinto levantarse y tener la honestidad de decir: perdonen, he copiado en este examen y no debería tener aprobado.

Y el ejemplo, en este caso, se lo ha dado el jefe: ha sido el primero en reconocer que se ha equivocado. En el caso de Chile es evidente.

Me parece un gesto valiente el de Francisco. Lo de Chile coincidió con el proceso de revisión del libro y, en esta historia que está tan llena de malvados, Francisco era como el sheriff que venía al rescate de la diligencia. Era uno de los personajes positivos. Pero, de repente, cuando dijo aquello de que él ponía la mano en el fuego por Barros y que las víctimas necesitaban pruebas, yo pensé "madre mía, la única esperanza posible para las víctimas se ha pasado al lado oscuro en este caso".

Sí, porque se estaba jugando la credibilidad; no solo de él mismo sino de la institución.

Y hubo gente a su lado, imagino, como Zollner, de la Comisión Pontificia Para la Tutela de Menores, o el mismo O'Malley, el presidente, que le hicieron ver que esa no era la actitud y lo que se estaba jugando. Y dio un golpe de timón maestro renovando la comisión, -que estaba un poco en el limbo- que reafirmó su existencia. Y luego todo lo que ha hecho con las víctimas chilenas, recibiéndolas en el Vaticano y pidiéndolas perdón, ha sido un gran gesto.

Una de la frases -haciendo referencia a toda la pedofilia- dice: la Iglesia debe acordarse del valor de la penitencia y de pedir perdón. Esto Francisco lo ha demostrado con hechos. Y hablando con víctimas y con gente relacionada con el tema estos días, en las entrevistas salía mucho a colación la frase de "hechos son amores y no buenas razones".

Hay una frase en el libro que deja un poso de tristeza, cuando acabas el capítulo del Caso Romanones y habla el presidente de PRODENI diciendo que después del resultado, las víctimas no se iban a atrever a volver a denunciar. Sin embargo, con este tipo de realidades de Francisco parece ser que volvemos a confiar en que dentro de la Iglesia pueda haber solución, aunque hay muchos obstáculos.

¿Tú crees que en la curia, en los órganos de poder del Vaticano, todavía hay gente que quiere que esto se siga escondiendo? ¿Que no salga todo lo que hay?

Yo imagino que sí. Me baso en la frase que dijo Benedicto XVI antes de ser Papa: en la Iglesia hay tanta suciedad que, a veces, los que deberían estar entregados por su sacerdocio a Cristo son los responsables de la suciedad.

Creo que eso sigue tristemente vigente; tanto Benedicto XVI como Francisco han hecho un esfuerzo enorme por barrer la casa, pero cuando tienes una herencia tan pesada de basura acumulada...

Sí, parece que Benedicto XVI fue el que empezó; en el caso Maciel es evidente.

Lo que pasa es que también jugó un papel muy ambiguo cuando él era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Es famosa la escena aquella, cuando en el escándalo de Boston, en 2002, vuelve a salir el nombre de Maciel en las acusaciones de pedofilia. Entonces la BBC hizo un documental sobre el tema, y unos días después un periodista de la cadena se dirigió a Ratzinger, que aún era cardenal, a la puerta de su casa, y le pregunta su opinión sobre los rumores que corrían sobre Maciel. Él sale un poco del paso ante la insistencia del periodista que dice "bueno, pero se habla de un posible encubrimiento del Vaticano". Y Ratzinger, que era un tipo muy calmado, un intelectual, le golpea al periodista y le dice: sabes que no me puedes preguntar esto ahora, ven a mí cuando sea el tiempo. Esto es en 2002, tres años antes de le hicieran papa.

Justo en esas semanas era cuando él estaba por las noches buceando en los archivos de Maciel. Porque no olvidemos que Maciel era el apóstol de la juventud, designado por san Juan Pablo II.

Ahí está, definitivamente, el oscuro papel que jugó Juan Pablo II en todo esto. Porque es evidente de que los signos de que la pederastia era un problema y de que personas tan cercanas a Juan Pablo II como Maciel estaban pringados en esta pomada de horror, eran evidentes. Y Juan Pablo II no lo vio o, más bien, no quiso verlo porque estaba recibiendo mucha pasta, muchos fieles y mucho fervor por parte de los Legionarios de Cristo. Entonces, se aplicó el "que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda".

Esos usos que hacemos del Evangelio de vez en cuando.

Sí; un uso perverso, porque eso condenó al horror, al ostracismo y al olvido a gente como Juan Vaca, y a los legionarios que tuvieron el valor de denunciar los crímenes de Maciel.

Y de perseverar porque, tanto en Chile como en el caso Maciel, las víctimas están durante mucho tiempo peleando. Que ya bastante tienen con sobrevivir físicamente y vivir con esa atrocidad durante el resto de su existencia. Con poder rehacer su vida, en el caso de que alguno lo consiga, además de pensar que puede haber otras personas sufriendo lo mismo que ellos sufrieron y que tienen esa responsabilidad de denunciar. Yo nunca me atrevería a decir que esa responsabilidad exista, pero ellos sienten que sí y por eso dan el paso denunciando, pese a todo.

En esto, como siempre, las víctimas nos dan muchas lecciones. Yo no he hablado con tantas; creo que tú conoces incluso a más que yo. Pero la lección de tener el coraje de seguir apostando por la vida, a pesar del horror sufrido, es evidente.

Recuerdo el año pasado cuando vino por aquí Daniel Pittet, el autor de "Perdono padre", que prologó el mismo Papa. Tú ves un tío de dos metros, un tío raro. Y él mismo te lo dice: he estado a punto de suicidarme cientos de veces. Cada día es una pelea en cuanto me pasa algo. Pero mira: aquí estoy, luchando por seguir adelante y por hablar de este tema.

Yo imagino que para una persona de casi sesenta años, como él, no es fácil contar en un libro que un sacerdote le violó cientos de veces y describir cómo le violaba, le obligaba a hacerle le felaciones, le tomaba fotos, etc. Destapar esa intimad no tiene que ser fácil, pero si él lo hace es porque realmente tiene un sentido de misión. Y ante eso, uno sólo puede quitarse el sombrero.

Son heroicas las personas que siguen adelante y que, encima, dan esos pasos.

Hablabas antes de lo de victimizar. Del daño que hacen a la Iglesia las personas abusadas cuando denuncian. De esos intentos de lavar los trapos sucios en casa. Este libro no es un libro contra la Iglesia.

No, en absoluto.

Conviene dejarlo claro, aunque aquí lo tenemos. Pero seguramente habrá más de uno, dentro de la institución, que diga: ya estamos otra vez con alguien sacando mierda...

No es libro contra la Iglesia. Nace de un encargo de Maria Ángeles López, que entonces era redactora jefe de 21 y de la colección Alternativas. Luego pasó a ser la directora editorial de San Pablo. A mí me parece un gesto absolutamente valiente, profético si te pones en términos religiosos, que una editorial católica, con el impulso de una persona con la energía y el compromiso de Maria Ángeles, quiera sacar adelante este libro. Es algo que ha sorprendido a todo el mundo cuando he dicho que el libro es un encargo de la editorial San Pablo. Me preguntaban: ¿pero no es una editorial católica? Y yo: Sí, sí.

Como las víctimas.

Justo: como las víctimas. Yo creo, además, que esto es lo que debería estar haciendo la Iglesia a otros niveles. A lo mejor no con esta publicidad, pero como hemos dicho: mirar qué hay en los cajones y en los armarios, sacar el horror y las víctimas a la luz. Pedirles perdón e intentar compensarlas. Intentar tener ese cuidado pastoral porque, como tú dices, son fieles católicos.

¿Qué has aprendido del trato con las víctimas? ¿Qué sacas de esos encuentros, de esas entrevistas?

Es difícil decirlo... Sobre todo una admiración profunda, de decir: tú eres un héroe solo por seguir vivo. Y doblemente héroe, porque te atreves a hablar de esto, y a denunciarlo sabiendo que vas a pasar por ese infierno, posiblemente, una y mil veces. Vas tener que contarlo, te van pedir que lo cuentes en charlas...

Eso es lo principal: que es una lección de vida. Como te decía, no sé si yo habría tenido el mismo coraje. Y solo me puedo quitar el sombrero.

Y volviendo al tema de si el libro es contra la Iglesia: absolutamente no; es contar la historia de esta gente. Acepté el libro como un encargo, un poco como desafío personal y un poco frívolamente, si quieres. Pero cuando empiezo a leer, porque todos hemos oído hablar de esto, pero es un tema que tiendes a desplazar dado que es desagradable...

Es verdad.

...Entonces te indignas y piensas: pero, ¿qué es esto? ¡Esto es una masacre espiritual, física, a todos los niveles! Y cuando hablas con las víctimas, piensas "lo único que puedo hacer por esta persona que ha tenido el coraje de contarme su historia, es contarla yo a mi vez". No digo contar la historia en particular de las víctimas, sino la historia de lo que ha pasado.

Yo no soy ningún experto; soy un periodista que lee cosas, pregunta cosas y escribe. Dando vueltas a en qué podía aportar, descubrí un hueco. Primero la historia se ha contado muchas veces y siempre en inglés, nunca en castellano. Pensé "voy a contar la historia en global y con un sentido". La historia reproduce un esquema que se ha repetido; en EE. UU. se decía que eran cuatro sinvergüenzas, y luego eran centenares y millares las víctimas. En Irlanda era, pues bueno, un padre al que se le va mano con la bebida, y luego igual: eran muchas víctimas durante años y años. Después pasó en Bégica...

Porque al principio era, como el poema de Bertol Brech: "no, no, no, eso son los americanos, a mí no me importa..."

Cierto.

Luego eran América e Irlanda y: "esos son los anglosajones, a mí no me importa..." Luego Alemania y Bélgica y: "pues son los países anglosajones y nórdicos... Y aquí no pasa..."

Al final, no sabemos si aquí pasa o no pasa, pero lo que sí sabemos es que no se ha hecho un esfuerzo claro por, primero, ver si pasa o no pasa; no ha habido un esfuerzo de transparencia de la Iglesia. Y después, en los casos que sabemos que sí ha pasado no se ha hecho un esfuerzo, por parte de la Iglesia, de reconciliarse, de pedir perdón, de atender a esas personas.

Yo digo que, igual que no se puede decir que la Iglesia es un nido de pederastas, lo que sí es sistemático es la reacción ante los casos que se dan. Hasta hace muy poco la respuesta era siempre la misma: ocultarlo, victimizar doblemente al denunciante protegiendo más al sacerdote que a la víctima en un intento de lavar los trapos sucios desde dentro. Eso es innegable, y tu libro lo demuestra. La propia Conferencia Episcopal tarda años en publicar unos protocolos de actuación que deberían ser públicos desde hace muchísimo.

Y que a mí me parece que son horrorosos, pero bueno.

Al final haces un apéndice muy interesante: una entrevista con Zollner, que probablemente sea el señor que más sepa de todo esto, y una miniguía de cómo denunciar un caso de abuso sexual. Esto es muy valioso para cualquier persona que nos esté leyendo y que no sepa por dónde tirar si ha sufrido esa atrocidad.

¿Qué le pedirías a la Iglesia española? A los obispos que, por cierto, no aparece su opinión en el libro. Y no porque no haya sido buscada...

Sí. Pedí hablar con algún portavoz que designasen sobre el tema, pero no lo estimaron oportuno y están en su derecho.

Yo les diría: Hagan examen de conciencia y piensen si lo están haciendo bien en este punto -mi opinión es que no-. Que lo piensen y lo hagan por todo: por lo práctico, de evitar esa imagen de estar castigados de cara a la pared como lo están los obispos chilenos, por un lado. Pero sobre todo, y más profundamente, por cumplir con su deber.

Al final lo que la Iglesia tiene que hacer es cuidar de sus fieles y proteger a los más débiles. Y, por supuesto, a las personas que han sido víctimas de abusos sexuales siendo menores o siendo adultos. Aquí estamos hablando en concreto de menores, que son los más frágiles que uno se pueda imaginar. Creo que la inocencia de un niño es un valor muy preciado: que alguien la rompa no es un asunto baladí.

Las palabras más duras del Evangelio son precisamente contra aquellos que abusan de los más débiles.

A estas personas hay que ponerlas fuera de circulación y expulsarlas del sacerdocio. Porque no están capacitados para ejercerlo. Se les puede apoyar para que lleven una vida de penitencia apartados de menores. Pero, desde luego, que no puedan ejercer el sacerdocio.

A lo mejor nos jugamos además de la identidad de la Iglesia, la del propio Evangelio; que la gente pueda seguir conociéndolo, o acercándose sin tener miedo de que ocurran cosas como esta.

Es una frase que se ha repetido mucho, empezando por el papa Francisco: un padre que manda a su hijo a una catequesis tiene el derecho de pensar que va a estar bien allí. Que va a ser bien tratado y, por supuesto, que su inocencia no va a ser destruida.

Juan Ignacio Cortés: "Lobos con piel de pastor. Pederastia y crisis en la Iglesia católica", publicado por San Pablo.

A mí me toca personalmente; el libro está muy bien escrito: es una investigación muy completa. Y, como dices tú, no tiene más parte que la de las víctimas pero, incluso ahí, has sabido recopilar los datos sin la mala leche que otros tendríamos.

Creo que la historia es tan terrible que no hacía falta añadir nada más. Y que, además, si añadiese mi opinión -que la tengo-, iría en contra de la historia. La historia contada tal cual es, el horror que despierta, las consecuencias, suceden por sí mismas.

Y con un prólogo de un buen amigo de esta casa, Pedro Martínez de Velasco. Con lo cual, lo recomendamos doblemente. Muchas gracias Juan Ignacio.

A ti, Jesús.

 

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