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Nuestra cultura occidental está abandonando la religión. Su progresiva conciencia de autonomía -personal y social- rechaza cualquier imposición externa. Se habla de una era posreligiosa o laica.

El laicismo surgió como una rebelión contra una cultura religiosa cristiana, que imponía unas leyes y unas creencias bajo la autoridad de un ser trascendente. Posteriormente se ha superado esa postura inicial de rechazo, y se va afianzando una actitud que organiza la vida social sin tener en cuenta las creencias o normas religiosas; “como si Dios no existiese” según la tan repetida expresión de Bomhöffer. Esta tendencia se conoce como laicidad.

Los cristianos sentimos como algo esencial la inculturación  -la encarnación- en la sociedad en que vivimos.

¿Puede un cristiano adoptar la laicidad?

El cristiano puede compartir con la laicidad el rechazo de creencias y normas impuestas desde el exterior, porque la trascendencia de Dios incluye su inmanencia en la persona y en todo el universo: “más íntimo que mi propia intimidad”. Y las creencias y normas que le propone su religión no han sido dictadas desde fuera, ni en hebreo ni en latín, sino percibidas en la experiencia espiritual de Hammurabi, Moisés, o Jesús, y que él mismo puede experimentar en su conciencia.

Podría objetarse que la religión supone el reconocimiento de Dios, que sería un reconocimiento ajeno a la laicidad. Sin embargo la laicidad no niega a Dios, prescidende de él en su organización social.

Yo me atrevo a decir que la laicidad incluye de alguna manera a Dios. La naturaleza humana tiene una dimensión espiritual -que se expresa mejor en símbolos y en poesía que en conceptos-; y reconoce elementos trascendentes -más importantes que sus propios intereses- como el amor, la justicia, la dignidad y la igualdad de todos los seres humanos. Estos son otros tantos nombres que tratan de darnos una idea de esa Realidad última -que algunos llamamos Dios- y que, en este estadio de nuestra evolución, nos resulta un misterio que no sabemos explicar (como el 80 % de la materia).

¿Añade algo el cristianismo a la cultura laica?

Por ejemplo: la gratuidad total, el jornalero de última hora que cobra igual que el que trabajó toda la jornada, el amor a los enemigos... Es verdad que estas actitudes resultan difíciles de aceptar incluso para “la buena gente” -y para muchos cristianos- pero pertenecen también a la más pura esencia del amor humano.

Esto se pone de manifiesto en innumerables actos, que solemos llamar “ejemplares” o “heroicos”, realizados tanto por personas religiosas o laicas: el inmigrante que se lanza a las vías del metro para salvar a un niño, el enfermero o el bombero que arriesgan su vida, los miles de donantes de órganos, la madre de familia numerosa que acoge a los huérfanos de una vecina tan pobre como ella.

La parábola del buen samaritano no es ejemplar porque la dijera Jesús; Jesús es ejemplar porque expuso esa parábola, que resuena en todo corazón humano.

El Reino de Dios no es una religión, ni judía ni cristiana; es una plenitud de amor fraterno, y Jesús lo reconoció en samaritanos, publicanos, cananeos, y en el centurión de un ejército invasor, tanto o más que en judíos o en sus mismos discípulos.

La línea entre lo laico y lo sagrado se nos hace más permeable; pueden beneficiarse mutuamente. Tanto lo sagrado como lo laico (las impurezas que decían los fariseos) no vienen de fuera, nacen del corazón (de la conciencia) (Mc 7,14-16). ¿Qué diferencia hay entre la conciencia de una  ONG y la de una Comunidad Cristiana de Base, entre Greenpeace y la Comunidad de san Egidio? “Al atardecer de la vida nos examinarán del amor” (San Juan de la Cruz).

Conclusiones

La era “posreligiosa” está extendiéndose sólo en Occidente, y podría ser una etapa de reacción contra un exceso religioso, pero actualmente es una situación real. Creo que puede evolucionar porque tendemos a expresar y compartir nuestra espiritualidad en ritos y normas sociales; y en esto sería el inicio de otra religión. Las Iglesias cristianas deben preocuparse más de mantener la amplitud humana del evangelio que de “esas tradiciones vuestras” (Mt 15,3), que lo han ido encerrando en límites culturales.

Un cristiano puede adoptar sinceramente una cultura laica; puede vivir esta situación como exigencia propia o como adaptación a la cultura de su entorno. Bonhöffer lo expresa claramente: No podemos ser honestos sin reconocer que es necesario que vivamos en este mundo etsi Deus non daretur (como si Dios no existiese)”, “Ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios”.

 

Gonzalo Haya